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De Quimeras y Ensoñaciones

El escritor

El bullicioso aspecto de la plaza le invitó a acercarse, le atrajo la atención un semi destartalado puesto de libros antiguos colocado en medio de todos y a la vez en medio de la nada. Llamaba poderosamente la atención su vetusto aspecto y el rancio olor que desprendían sus libros, una mezcla a humedad de mazmorra lúgubre impregnada de incienso, y el extraño cuero enmohecido que formando las tapas de los libros, guardan en su interior el tesoro de las palabras. Se sintió atraído, irresistiblemente subyugado por aquel decorado y sus joyas literarias puestas a la venta, en aquel mercado, aquella feria del libro antiguo y de ocasión. Quedose embelesado con la contemplación de los títulos de las portadas, leyéndolos, abstrayéndose del mundo que le rodeaba. No se percató que era el único cliente, el único curioso, el único futuro comprador de aquella tienda de libros prefabricada, hasta que eligió un libro “La historia interminable”, lo abrió, leyó su inicio :

”Esta es la inscripción que había …” , pasó rápidamente varias hojas escritas y decidió comprarlo.

-Buena elección –Le dijo el librero- Fantasía .

Era un tipo chapado a la antigua, que no desentonaba para nada con el puesto y los libros, como sacado de un mundo medieval lleno de justas y torneos. No se había fijado en él hasta que pidió pagar, era como si hubiese estado escondido bajo el atril y apareciese por artes mágicas para reclamar el pago de su pequeña obra de arte. Y fue al terminar de pagar cuando se percató que los puestos adyacentes bullían todos ellos llenos de personas ojeando libros, apiñados, aborregados, luchando por un hueco con vistas y sin embargo, pasaban de largo, como si no existiera, del puesto donde él se hallaba. Pensó que tal vez el olor les asustara.

Al llegar a casa abrió el libro y … ¡Sorpresa! , ¡ Todas las páginas estaban en blanco! . El título del lomo y de la portada seguían ahí, grabados con adornados de papel de oro sobre el cuero enmohecido, pero el tesoro interior habíase esfumado. Lo miró, remiró, diole mil y una vueltas y no halló ninguna explicación.

Regresó con el libro a la feria. No estaba lejos, a diez minutos de allí.
El rio multicolor de curiosos seguía curioseando por entre los quioscos y su puesto seguía allí, en medio de todos y en medio de la nada, vacío de público, sempiternamente solitario, oliendo a destierro.
-Me ha vendido un libro con las páginas en blanco- le dijo-

El viejo caballero librero le sonrió, tomó el libro entre sus manos ennegrecidas por la suciedad, abrió las tapas, se humedeció el dedo índice y pasó página tras página, ojeándolas.
-A su libro no le pasa nada- respondió a la vez que se lo devolvía – sigue siendo Fantasía.

Cogió el libro, lo ojeó y contempló que las palabras habían vuelto.
¿Me estaré volviendo loco?.
Se alejó unos pasos hacía un banco de piedra y allí sentado empezó a leer el prólogo, la primera, la segunda, la tercera página y luego pasó los dedos, desplegando, como un abanico, el resto de páginas del libro. Todas ellas rebosaban de palabras, de misterios, de fantasía.

Volvió a casa intrigado, escéptico, incrédulo, dudando de si mismo, de su realidad innata. ¡¿Que diablos estaba ocurriendo?¡.
Abrió el libro de nuevo. Y de nuevo las palabras habían desaparecido. Ya no estaban. Página tras página en blanco. Sonrió con una sonrisa desquiciada, a la espera de que algo sucediera. Pero no sucedió nada. Por lo tanto él forzaría la solución a aquel jeroglífico indescifrable.

Regresó por segunda vez con el libro a la feria, sin cerrarlo, paseando por la calle y mirando sus páginas en blanco, pasando página de vez en cuando por si algo sucediera en las otras hojas, por si las letras volvieran. Pero no sucedió tal cosa. Al llegar a la plaza, todo estaba igual que la última vez. Su puesto de libros antiguos seguía solitario en medio del bullicio, se acercó a él sin dejar de mirar su libro de páginas en blanco.
El caballero librero le sonreía desde detrás del mostrador. El olor a moho le impregnaba las fosas nasales. Le enseñó el libro en blanco.
- Y ahora, ¿qué? ¿qué me dice?, ¿no ve que el libro está en blanco?
- Se ha vuelto a equivocar, buen hombre, a su libro no le pasa nada
Al oir la voz del librero, incrédulo, levantó la vista de las páginas en blanco del libro abierto y le miró a los ojos, y en ellos pudo ver, por un segundo, por un instante, como bailaban letras, palabras, frases.
- Observe el libro, -habló de nuevo el librero- es el que usted eligió, el de Michael Ende, “La historia interminable”.
Cuando las palabras dejaron de bailar en los ojos del librero, tornó su vista al libro que sujetaban sus manos y allí de nuevo estaban las palabras.
-¿Cómo … , cómo…, cómo…, cómo es esto posible? . Hace un momento todas las páginas del libro estaban en blanco. ¿Cómo han regresado las palabras?
- No han regresado – le interrumpió el librero- Nunca se han ido de él.

Se alejó hasta el banco de piedra y siguió leyendo. El tiempo pasó lentamente. No quiso alejarse de allí, ni apartar sus ojos del libro hasta haberlo terminado. Tenía miedo de que las letras, las palabras, volvieran a desaparecer. Pero hacía frío, la noche se acercaba y no habría luz suficiente para seguir leyendo. Se levanto, con la vista fija en el libro y regresó a casa leyendo, leyendo, leyendo. Apenas apartaba los ojos de libro, excepto para mirar por donde iba o para no chocar con los transeúntes. Al llegar a casa, se acomodó en un sillón alto, orejero, de piel verde aterciopelada y continuó leyendo su libro, leyendo, leyendo…, estaba cansado, en los ojos le bailaban las palabras, la historia parecía realmente interminable, pero no la dejaría, aunque no leyera, no dejaría de mirar el libro, se preparó algo de beber y algún tentempié para picar, pero sin dejar de mirar las páginas. Las palabras seguían allí. Y continuó leyendo la historia hasta el final …
“ -Bastián Baltasar Bux -gruñó-: si no me equivoco, les vas a enseñar a muchos el camino de Fantasía para que puedan traernos el Agua de la Vida.
Y el señor Koreander no se equivocaba
Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión
POR ENDE …”

Era el final del libro, lo cerró y se quedó dormido del cansancio.
Al despertar, ya era bien entrada la tarde del día siguiente. Corrió hacia el libro y lo abrió. Las páginas volvían a estar en blanco.
Se arregló un poco antes de dirigirse a la plaza, estaba relajado, apenas le importaba ya que el libro estuviese en blanco, pues su tesoro interior, su historia, había sido revelado y sus personajes habían formado parte de él durante unas horas, pero seguía intrigado por aquel puesto de libros y su librero y necesitaba imperiosamente saber que misterio encerraba.
Era el último día de la feria, la gente iba y venía tumultuosa de un punto a otro, dando vueltas como en un tiovivo alrededor de la plaza, y sin embargo, ante aquel quiosco no se paraba nadie, parecía no existir, y no obstante él lo veía, era real, emanaba olores y sensaciones y rebosaba volúmenes encuadernados en cuero sobre atriles y anaqueles carcomidos. No era irreal. Como tampoco lo era el viejo librero.
- ¿Le gustó el libro? –Le pregunto al verle llegar-
- Venía a devolvérselo
- Pero es suyo. Usted lo compró.
- Ya no me sirve. Las palabras han vuelto a desaparecer. No podré volver a leerlo de nuevo. A no ser que usted vuelva a pasar su varita mágica sobre las páginas y la historia vuelva de nuevo para ser recreada y leída por quizá otras gentes.

El caballero librero tomó el libro entre sus manos, lo abrió por la primera página, y garabateó unas palabras sobre la página en blanco, a continuación se lo entregó de nuevo, junto con la pluma estilográfica con la que había escrito susodichas palabras y le dijo:
-Ahora que ya terminaste de leerlo es hora que empieces a reescribir tu propia historia.

Tomó la pluma y el libro con las páginas aun en blanco de las manos sucias del librero y se sentó sobre el banco de piedra. Lo abrió por la primera página, allí el librero había escrito : “El bullicioso aspecto de la plaza le invitó a acercarse, le atrajo la atención un semi destartalado puesto de libros antiguos colocado en medio de todos y a la vez en medio de la nada.”
¡Era el inicio de su historia¡ ¡De su propia historia¡ ¡De ésta historia¡.
La pluma estilográfica garabateó nuevas palabras, esta vez suyas, suyas propias, de su propia mano, hasta que al levantar los ojos descubrió que el librero, sus libros, y el olor a destierro habían desaparecido, tal vez nunca hubiesen existido. Y sólo quedó su historia. Esta historia.

1 comentario

white -

Este ya te lo había leído pero me ha gustado encontrarlo de nuevo.